El Periódico 17/10/02

LA NUEVA GIRA DEL AUTOR DE 'BORN TO RUN', EL CONCIERTO

El 'Boss' regala una noche mágica al público de BCN
Springsteen dictó una memorable lección de rock and roll ante 18.000 'fans'

RAFAEL TAPOUNET, BARCELONA

Memorable. A sus 53 años, Bruce Frederick Joseph Springsteen regaló ayer a Barcelona una noche para enmarcar. Con las cámaras de la MTV como testigos (y cómplices), el Jefe bordó un concierto de los que dejan huella. Dos horas y tres cuartos de entrega total. Más que en Nueva York, más que en Filadelfia, más que en París.

Bruce Springsteen, Patti Scialfa y Steve van Zandt, ayer, en el Palau Sant Jordi.
Foto:JULIO CARBÓ

A mediados de los años 80, en plena fiebre de Born in the USA , el héroe de Nueva Jersey trataba de explicar en una entrevista cuál era su posición en un panorama musical dominado por el pop instantáneo y los ídolos fulgurantes. "El rock and roll es un grupo de gente haciéndose mayor --señaló en esa ocasión-- ; mi banda y yo saliendo a escena cada noche y envejeciendo junto a nuestro público". Los que asistieron al concierto del Palau Sant Jordi tuvieron ocasión de comprobar hasta qué punto las palabras del Boss siguen teniendo sentido 20 años después.

También pudieron comprobar otras cosas. Cosas que resulta difícil explicar con palabras porque entran de lleno en el terreno de las emociones y los sentimientos compartidos. Springsteen y la E Street Band dictaron en Barcelona una impresionante lección de rock and roll adulto. El Jefe volvió a demostrar que la madurez de la mediana edad sí es compatible con el entusiasmo adolescente. Que las doloridas víctimas de The rising y los jóvenes apasionados de Born to run caben en la misma celebración. Que aún quedan superestrellas decentes capaces de hablar a su público sin sombra de cinismo.

MEDIO SIGLO

Pasaban unos segundos de las nueve de la noche cuando, entre el estruendo de los 18.000 espectadores, los músicos salieron uno por uno y ocuparon su lugar sobre el escenario. En primera fila, Patti Scialfa, Steve van Zandt, Bruce Springsteen, Nils Lofgren y Clarence Clemons, el Gran Hombre. Detrás, el imperturbable bajista Garry Tallent. En los extremos, el profesor Roy Bittan y el teclista Danny Federici. Medio escondida junto al piano, la violinista Soozie Tyrell. Y en la retaguardia, la batería precisa y contundente de Max Weinberg. La media de edad superaba el medio siglo. Nadie lo notó.

"Bona nit, Barcelona. How are you?". Seis palabras del Jefe , un rugido colectivo y los primeros golpes de bombo de The rising bastaron para poner el recinto en ebullición. Y a partir de ahí, el concierto no dejó de subir. En intensidad, en sentimiento, en emoción. Una montaña rusa que puso a prueba la resistencia de un público desbordado que aplaudió y coreó por igual los clásicos de siempre y las canciones del último disco del Boss .

La primera mirada al pasado llegó con Prove it all night . Una canción de 1978 que Bruce cantó con las entrañas y que encadenó con la escalofriante Darkness on the edge of town , de la misma época. "Gràcies. ¿Com esteu? --dijo en perfecto catalán de Nueva Jersey--. Estic content d'estar aquí, però ara necessito una mica de silenci". El silencio era para zambullirse en una emocionante lectura de Empty sky , a pelo, con guitarra acústica y armónica.

Con Waitin' for a sunny day llegó el desparrame. La fiesta en la pista y en las gradas era más propia de un final de concierto, pero la velada no había hecho más que empezar. "¡Fantàstic!", exclamó Springsteen al terminar la canción. Siguieron The promised land , Worlds apart (con un brutal duelo de guitarras entre el Jefe y Steve van Zandt) y un nuevo momento de apoteosis con Badlands , coreado por todos.

Después de que She's the one le diera a Max Weinberg la oportunidad de demostrar que sigue siendo el batería más fiable del mundo, llegaron la imparable Mary's place (con un Springsteen pletórico que bailó sobre el piano y se deslizó de rodillas), la contagiosa Dancing in the dark y la algo caótica Countin' on a miracle .

Momento para el recuerdo. Bruce se sentó frente al piano, musitó algo parecido a "especialment per a Barcelona" y se arrancó en solitario con Spirit in the night , canción de su primer disco que no había tocado en ninguno de los conciertos de la gira (tuvo algunos problemas para recordar la letra). El regalo no acabó ahí, ya que a continuación rescató Incident on 57th street , pieza de su segundo disco igualmente poco habitual en sus actuaciones.

El primer bis fue demoledor. Night , Ramrod y un Born to run de quitarse el sombrero con las luces del pabellón encendidas. Ahí es nada. Menos trepidante pero más emotivo, el segundo bis recurrió a My city of ruins , Born in the USA --un latigazo eléctrico convertido en "una plegaria por la paz" -- y Land of hope and dreams . De acabar ahí, todo habría sido perfecto, pero el Jefe aún quiso recordarnos, en un tercer bis que se reserva para ocasiones especiales, que Thunder road es la canción más bonita del mundo. "Barcelona, I love you". Y todos los asistentes salieron del recinto con los ojos como platos y la piel de gallina. 165 minutos más viejos pero mucho más sabios. Springsteen lo volvió a hacer.


Contracrónica

El último rockero de masas
El 'Boss' mostró su defensa a contracorriente de un rock con incidencia social

JORDI BIANCIOTTO, BARCELONA

La veteranía se asentó anoche en un Palau Sant Jordi rendido a uno de los últimos grandes rituales posibles del rock'n'roll, un concierto de Bruce Springsteen & The E Street Band. Veteranía en el escenario y en las gradas: una audiencia tendente a la mediana edad certificó que hace tiempo que The river dejó de ser un disco de cabecera en el planeta sub-21. Su espacio lo ocupan hoy Limp Bizkit, Shakira, Manu Tenorio, una consola de videojuegos o una línea ADSL.

Fans con banderas, en plena actuación.
Foto:JULIO CARBÓ

Con el rock, en un sentido clásico, en vías de convertirse en un género más, apartado del espacio central de la cultura popular, Springsteen se reafirmó en su posición. La letanía de Into the fire, dedicada al 11-S, las citas a conceptos míticos y absolutos (la tierra prometida, la fe, el hogar) y la ambición de conmover a toda una generación (o más) son rasgos de identidad de un artista que simboliza el fin de una era. No hay relevo (pese a Ryan Adams). Y en las listas de éxitos, el rock ya no compite con el pop y las estrellas filolatinas.

Consciente de ello, Springsteen recreó anoche el humanismo de The rising. Ahora que el rock ya no se identifica con cultura juvenil y que arrastra a las masas en contadísimas ocasiones (Stones, U2, AC/DC; los mismos desde los 80), el Boss graba un disco que es como un abrazo colectivo. Una paradoja entrañable procedente de un género que se ha hecho mayor y que en la última década no ha aportado ningún nuevo ídolo de masas. Y un gesto con riesgos: Springsteen se movió por Barcelona en un coche blindado. Tras el 11-S y visto lo de Bali, ser un icono andante de la cultura estadounidense conlleva sus peligros.

Pero, como se vio anoche, su mensaje cohesionador ha calado, sobre todo, en quienes ya le conocían: fans creciditos que paseaban por el recinto olímpico exhibiendo camisetas de giras pasadas (el propio merchandising oficial vendía unas con la portada de Born to run ), para quienes la alusión a Vietnam de Born in the USA no pilla excesivamente lejos. Un imaginario que recuerda que el rock ha sido algo más que un género de repertorio, como el tango o la habanera: ha reflejado el espíritu de los tiempos. ¿Cuándo dejó de hacerlo?


Reportaje

Dos segundos con Bruce
Los 'fans' hicieron guardia frente al hotel del músico para verle sólo unos instantes

ALBERT GUASCH

BARCELONA

Christoph Steinbacher es un tipo muy alto. Germano tenía que ser. De Düsseldorf. Desde su elevada altura, no tendrá problemas para ver antes que nadie el momento en que Bruce Springsteen salga del Hotel Arts y se adentre en el vehículo que le traslade al Palau Sant Jordi. Entre manos tiene una carátula de The rising . Busca la firma. "El día que consiga el autógrafo del Boss me comportaré como un adulto". En su frase, hay más sorna que sonrojo. Tiene 32 años.

Seguidores del Boss, antes de entrar en el Palau Sant Jordi.
Foto:JULIO CARBÓ

A Christoph le acompañan seis amiguetes. Han asistido al concierto de París y, hoy, tras dormir la actuación de Barcelona, se irán a Bolonia. Y después a Berlín. Y seguirán luego hasta Roterdam. Casi toda la gira europea, de estación en estación. Y eso que algunos vieron al Boss semanas antes en Michigan (EEUU). O sea, cosa seria estos fans .

Ahora, seis horas antes del concierto del Sant Jordi, la mitad de esta expedición alemana hace guardia frente al hotel. Y como ellos, unas decenas de incondicionales aspiran a ver unos segundos a Bruce, hacerle una foto y, quién sabe, igual hasta les estampa una firmita. "Bruce es un tío enrollado. Seguro que no se esconde", dice uno, disco en ristre.

A las 15.30 horas sale alguien con gafas de sol, chupa de cuero y andares encorvados. "¡Es él!", grita una voz rota. Estampida en manada hacia el Boss antes de que llegue a la furgoneta. Y el Boss que se levanta las gafas. Y el Boss que no es el Boss . Decepción. "Si es que anda igual", se excusa el que activó la alarma.

Se vuelve a liar un barullo cuando se otea a Clarence Clemons, que sale media hora después. Los fans le aporrean la ventanilla de la furgoneta cuando pasa a su lado, pero el big man no baja la ventanilla. No hay firma. Steve van Zandt, que aparece poco después, tampoco tiene piedad. Saluda apresurado con la mano y, venga, señor chófer, vámonos.

No hay tiempo para el lamento. Justo a las 16.30 horas, la cabeza de Bruce se divisa en un coche azul metalizado. Ha salido a traición, por una rampa de párking distinta al resto. "¡Está aquí!", grita uno (los fans son así de solidarios).

El encuentro dura dos segundos. El Boss alza la manita y esboza una sonrisa tan suya, tan tierna. El chófer acelera con la fruición de un guitarrazo. Hasta luego, Bruce. Un visto y no visto. No ha habido firma para nadie y Christoph sonríe. Aún no es hora de ser un adulto, ¿verdad? "Supongo que no".