ABC 17/10/02

Bruce Springsteen sella su renacimiento frente a 18.000 fans entregados

DAVID MORÁN

Intérprete: Bruce Springsteen. Local: Palau Sant Jordi. Fecha: 16 de octubre

A Springsteen cuesta mucho trabajo no creérselo. Por eso, cuando el de Nueva Jersey aseguró, en perefecto catalán, que «Born in the USA» está inspirada por la guerra de Vietnam y que ahora  la interpretan «como un canto de paz», uno se calla, atiende e intenta aprender. Es por esto que los conciertos del «Boss» son y serán siempre diferentes. El de Barcelona, claro, no iba a ser ninguna excepción.

Con 18.000 almas rendidas a sus pies y dispuestas a dejarse guiar durante casi tres horas, lo fácil hubiese sido tirar de disco duro y convertir su única visita a España en una revisión nostálgica de su pasado.

Pero no. Si Springsteen abre su actuación con el imponente «crescendo» y los delicados coros gospel de «The rising» (la canción) e inserta en el repertorio hasta once temas de su nuevo trabajo, será porque el «Boss» cree tanto en su presente como en su pasado. Y ahí estaba el público, rendido y extasiado, para seguir soñando en un futuro perfecto. 
Con una puntualidad británica tan enemiga de los conciertos de rock -que la gala fuese retransmitida en directo por la MTV influyó lo suyo-, Springsteen apareció sobre el escenario secundado por esa implacable apisonadora que es la E Street Band. De los susurrantes violines de Soozye Tyrell a las enérgicas guitarras de Steve Van Zandt, Nils Lofgren y Patti Scialfa; de la contundencia rítmica de Garry Tallent (bajo) y Max Weinberg (batería) a, ¡uufff!, el indomable saxo de Clarence Clemons. Eso sin olvidar el inquieto teclear de  Roy Bittan y Danny Federici. El «dream tema» del rock en directo, ni más ni menos.  

Pero en todo momento, queda claro quién manda. Es él quien supervisa atentamente el feroz solo de saxo de «Prove it all night»; quien rehace «Waitin´ for a sunny day» hasta convertirla en una alborotada algarabía de folk campestre; quien decide recompensar a última hora a la audiencia incluyendo una vibrante «Thunder road» no prevista en el repertorio...

Así, en frío, pierde su gracia, pero no sería ninguna memez decir que, el de anoche fue el mejor concierto que ha vivido el Palau Sant Jordi en los últimos años. Por lo menos, el que con mayor éxito ha logrado la comunión público-artista sin renunciar a la convicción, credibilidad y garra que, se supone, debería tener el rock.

Por que, si ya es todo un logro que auténticos himnos como «Born to run», «Badlands» -apoteósico, de verdad-, «Dancing in the dark» o «Darkness on the edge of the town» conserven fresco su impacto y su sentido, aún lo es más que «Mary´s Place» y «Waitin´ on a sunny day» se hayan convertido en clásicos instantáneos.

«Necesito un poco de silencio para esta canción», dice de nuevo en un perfecto catalán. Desnudo, sin más arma que una guitarra, ataca «Empty Sky». El Palau enmudece. Es lo que  pasa: cuando el «Jefe» habla, los demás no tienen más remedio que callar. Máxime si, de propina y sin venir a cuento, uno le sorprende al piano recuperando la deliciosa «Spirits of the night» y una «Incident on 57th Street» lanzada a plomo. Un demoledor efecto sólo superable por el ambiente que impregnaba el recinto y la sensación de haber asistido a algo realmente enorme. 

Mil voces, un corazón

Sentir con otro. Sentir con otros. Sentirse vivo. Muy vivo. Ésa es la esencia del rock and roll. Bailar bajo la lluvia de Woodstock como posesos, pero juntos. O juntos, sudar como estibadores de la madrugada en el Palau. Los cuatro versos de un estribillo unen, reúnen y aúnan más y mejor que cualquier conferencia de paz. Salvando las distancias. Superando las fronteras. Poco importa quién, qué, cómo y cuándo es el de al lado. Porque la canción es la misma. Una para todos y todos para una.

Y el tipo que anoche pasó por Barcelona, en esto, es un maestro. Alguien capaz de cambiar sobre la marcha una letra para dar gusto al aficionado. Alguien capaz de hablar durante diez minutos de su familia, su padre, concretamente, para presentar una canción. Un maestro de la ceremonia de la vida que es el rock. Alguien con tal poderío sobre un escenario que puede dejar que la banda arranque a solas una pieza, porque sabe que las palabras y las respuestas, además del viento, las pondrá el público. 

Miles de voces pero un solo corazón. Como anoche. Lo dijeron los Stones y conviene no olvidarlo: es sólo rock and roll, pero nos gusta